En el piso un líquido viscoso impedía el paso. Fantasmas murmuraban nombres impronunciables en los cuartos de la casa. En los corredores, las hamacas se movían, el viento las azotaba, y ahí se columpiaban las ganas, los deseos, los sueños de un opaco hombre sin nombre.
Esa noche soñé que yo, o ese tipo que no soy yo, porque ve cosas que yo no conozco y conversa con hombres que nunca se han pasado por mi mente, se suicidaba en un poema que no tenía palabras. En los anaqueles de mi biblioteca (las del sueño), habían fórmulas infinitas sobre la vida y la muerte, atajos para llegar a las respuestas existenciales de toda una vida de pensadores. Pero el suicidio ya se había cometido. Ya no importaba.
Desperté. El líquido viscoso persiste en el suelo. Es el poema sin letras que no se quedó en la hoja.
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