Su espalda era un brillo que descendía por esa escalera sin rumbo a ningún nivel. Dante estaba sentado en una vieja silla, al lado de una mesita en la que reposaba un teléfono rojo que no paraba de sonar. Ella ascendía sin mirar atrás, con lentitud daba pequeños pasos. Él movía con rapidez un pie y daba sutiles golpes sobre la mesa. El teléfono lo iba matar. Por las escaleras rodó un celular. El teléfono rojo enmudeció.
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