"Entrenar para muerto", así decía el viejo cuando quería dormir. Era su forma de eternizarse, de resistirse a la muerte. Quizá la muerte que anhelaba y no, como su hijo.
El viejo no creía mucho en la vida, y hablo en pasado sin saber por qué, siempre escribo en pasado. El viejo cree en el reino, el de mar de cristal y calles de oro, donde los que llegan durarán la eternidad conociendo a su Amo y Rey.
En sus continuas divagaciones sobre varios escritos de dudosas procedencias y malas traducciones, aprendió que el hombre en sí mismo es un pesar. Una pena. Que es lo mismo ganar el mundo que perderlo. Que no hay diferencia para la mortaja.
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