Recuerdo sus ojos cuando simulaba reír. La noche en que ocurrió el deceso, llevaba zapatitos rojos con un sutil moño con hebilla dorada. Sus labios precisos me habían besado mientras subía en el ascensor, la cámara fue el único testigo. Arriba en el piso 11, apartamento B, nos esperaba la familia de ella. El vestido se sujetaba con una cinta que le caía delicadamente en las nalgas y que le rozaba las piernas. Se movía al compás de su cintura.
Han pasado cuatro meses y aún lo que sé de ella se reduce a la nada. Todo fue tan confuso. Tan absurdo. Sólo recuerdo que llegué hasta la puerta del apartamento B y me fui de bruces al suelo. Desperté en el octavo infierno de Dante. Es difícil ser un personaje de novelas. Busco trabajo.
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