lunes, 2 de agosto de 2010

Emergencia Social

Son las 7 de la mañana y más de 60 personas esperan al médico. La muerte está respirando en el consultorio, siento como sus leves murmullos llenan la boca del sentencioso doctor. Es mi turno frente al hombre de la bata blanca, que piensa que tiene jurisdicción sobre este pedazo de mi vida que me duele, recita mecánicamente la fórmula a mis dolencias y me despacha esbozando una sonrisa desechable. En la recepción, una mujer teclea fórmulas de manera repetitiva, sólo se concentra en dar “Enter” a todo lo que llega, me produce desconfianza. Salí rápidamente del calvario, necesito verla a ella, pues es la medicina para un día aciago.

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